Bienvenida e invtación.

Espacio virtual, rincón cibernético, o como se le quiera llamar, este lugar intenta ser un ámbito más de existencia.
Ahora soy y estoy.

E invito a todos aquellos que sientan importante, o necesario ser más allá de nuestras limitaciones, a participar de la manera en que quieran.
Gracias.

domingo 6 de julio de 2008

Hablando de niebla. Por un encuentro romántico.

No debí haber salido de casa, o por lo menos en el auto. Es que a terco no me gana nadie. Y no me van a ganar, se va a despejar, y este auto va a prender, y sino que se quede acá, yo me voy. ¿Me voy? si puedo salir.
Empecé mal el día, y si lo analizo fríamente podría decir que fueron un montón de señales, más cosas no me pudieron pasar, pero ¿tiene sentido verlas en su conjunto?: me desperté muerto de frío y al mismo tiempo sentía y olía como si hubiera transpirado como loco; había tenido una noche cargada de pesadillas, aunque no pudiera recordar ninguna, tampoco ahora, dormí mal, nervioso y destapado, en algún momento, calculo que pasando mucho calor, debo haber tirado las frazadas, tenía únicamente la sábana, hecha un rollo entre el pecho y la pera, y para peor me dolía la garganta; bueno, todavía me duele, bastante menos.
Pero no iba a permitir, y no pienso permitir que nada enturbie un proyecto tan estudiado, tan esperado, así que a levantar el ánimo, todavía queda mucho del día por delante, calculo, seguro que falta mucho para que se haga la noche.
La realidad se empecinó y se empecina en complicarme las cosas, y desde muy temprano. Como si uno no tuviera derecho a pasar un fin de semana feliz y tranquilo. Ahora que pienso ¿el corte de agua tendrá algo que ver con esta niebla? No, es imposible, pero bien que me quedé sin mate, ¿y como prepararlo? no salía agua de ninguna de las canillas, pude haberla sacado del tanque, claro, eso implicaba que posiblemente terminara una vez más empapado, lo mejor era prepararlo por el camino. Pediría agua cuando llegara a la estación de servicio, estaba muerto de frío, tuve que abrigarme para salir a abrir el tanque, parecía que la temperatura, o por lo menos la sensación térmica, debía estar varios grados bajo cero, y ¿ahora? debe seguir igual o peor.
Ya temprano, en la mañana no se veía nada, me costó dar con el caño de bajada del tanque. Mejor no acordarme de eso, a partir de ahora el primer juguete que vea tirado en el piso va directo a la basura. Me di terrible golpe. ¿Y quién no? caminando a tientas, pisás algo que no sabés qué es, ni que está ahí, y sí, sin duda debía ser alguno de los juguetes de los gurises, están siempre tirados por el fondo, y patinás, y tenía que darme directo contra el caño, y como si fuera poco, además, me quedé con la llave en la mano, lo recuerdo y se me congelan los pensamientos, todo el chorro de agua en la cara, la pulgada y media de espesor, con la presión de un tanque de mil litros; como para no congelarme, si se me cortó la respiración. No sé para qué me quedé intentando colocar nuevamente la llave, ¿a ciegas? imposible, totalmente empapado, ahora que pienso no me acuerdo si finalmente cerré la entrada de agua al tanque, sí, estoy seguro de que lo pensé, no me acuerdo si lo hice. Y bueno ahora ya está
No me puedo acordar si la cerré. Creo que tampoco dejé la ropa ordenada, me acuerdo que me saqué la ropa mojada en el baño, me sequé, me puse desodorante, tenía que matar el olor a transpiración, aunque con la mojadura que me pegué no necesitaba otro baño, me vestí y obsesionado por la hora y por no poder prepararme un mate, decidí irme. Podría haber llenado la caldera con el agua del caño, por lo menos antes de cambiarme, sí, no se me ocurrió, y ahora podría estar tomando unos mates.
Me creía un hombre precavido, de lo cual además siempre hice gala, pero a quién se le va a ocurrir que la niebla va a ser tan intensa que no se pueda ver una estación de servicio. Eso ya no es ser previsor, eso es ser vidente; caramba, dejé todo pronto, el auto cargado la noche anterior, sólo quedaba preparar el mate, bañarme y pasarla a buscar, nada más; para después, sí, vivir intensamente ese fin de semana de pasión y placer tan ansiado, tan soñado. Qué pelotudo, encerrado en este auto de mierda, sin poder hacer nada.
Sí por lo menos hubiera podido avisarle que estaba demorado, pero no, tampoco funcionaba el teléfono. Una vez más, me dije que nada podría detenerme en mi propósito. Cuando llegara a la estación, cargaba el termo y la llamaba. También podría tener un celular, al final no son tan malos, sí, y mi familia podría ubicarme donde fuera y en cualquier momento.
¿Y cuando no encontraba las llaves del auto? las había dejado puestas. Qué bronca cuando entré al garaje y las vi colgando del contacto, casi burlándose. Maldita tranca automática y alarma de mierda que quería tener en su auto, maldito yo, que se la hice colocar. No podía creer que me fuera a quedar atrapado e incomunicado. Llegué a suplicar que mi mujer no se hubiera llevado sus llaves. Odio a este auto, y sí, la culpa es mía ¿para qué le presté el mío?. Encima lo tomó como un acto de generosidad de mi parte -“gracias mi amor, vamos a ir más cómodas” -todo para que se fuera con las gurisas y su madre. Lo hice para quedarme más tranquilo, y para limpiar un poco el cargo de conciencia. Y como siempre, para encontrar algo en casa tuve que revolver todo, sí, finalmente las encontré, sino no estaría acá, no sé, creo que si no las encontraba era capaz de romper un vidrio, y después cantaba robo, que se yo, a quién le importa. No deja de resultar insólito, gracias a mi mujer puedo tener mi fin de semana. Me sentí avergonzado, aunque en realidad duró muy poco, y sí, cuándo una pareja anda mal, la culpa es de los dos, ¿Avergonzado, por qué? ¿Por ser feliz? ¿Por intentarlo?.
Sí, dije bien, por intentarlo, parece que las cosas no van a resultar sencillas. Nunca pensé que el auto pudiera volverse cómplice de su dueño, y sigo sin pensarlo, esto es simplemente un accidente más, pero detesto a este auto, y creo que es un sentimiento compartido. Conmigo siempre le pasa algo.
Primero las llaves que se quedan adentro, después no se ve un carajo, bueno, eso no es culpa del auto, sí que se apague sin motivo aparente, que se tranque todo y me deje atrapado. Logré salir de casa ¿y de qué me sirve? no sé ni sí alcancé la ruta, no tengo idea en donde estoy; quizá mejor hubiera sido que no pudiera salir, me hubiera ido caminando hasta la estación, la llamaba por teléfono y cambiábamos los planes; el lugar es lo de menos, lo importante es estar juntos. Aunque pensándolo bien, esta niebla no puede ser eterna, en algún momento empezará a despejarse. Que se haya trancado la traba automática no me llama la atención, pero ni bien vea algo, o alguien pueda verme vendrá a auxiliarme. Sin duda el desperfecto debe ser por un problema eléctrico, ya que tampoco puedo hacer que bajen los vidrios.
Atrapado en un auto, muerto de frío y sin calefacción, no me equivoco, odio a este auto. Y si tuviera el mate, por lo menos podría calentarme un poco, pero ni eso. Además olvidé el reloj, con la mojadura me lo quité para secarme, y no tengo idea de qué hora es, ya que en este auto no funciona ni el reloj ni la radio. No puedo calentarme ni con las noticias.
Espero que en su casa también haya niebla, son nada más que unos pocos kilómetros de distancia, sería de locos que estuviera toda la niebla concentrada acá. No, es imposible, y bueno, de última si es así, supongo que va a estar esperándome, estará llamando para casa, y la grabadora de ANTEL le dirá que el teléfono está momentáneamente fuera de servicio, si llama a la OSE le dirán que estaba sin agua, y si llama a meteorología le van a decir que estoy rodeado de una persistente y densa niebla. Aunque se debe estar gastando el dedo llamando solamente a casa. Pobrecita, y yo encerrado en este auto de mierda, si por lo menos pudiera romper un vidrio, ni eso, es que deben ser japoneses, qué mierda esta tranca, las puertas, los vidrios, carajo.
Además quería que el auto estuviera prolijo, limpio y ordenado, así que todos los bolsos a la valija. ¿Por qué? Si los hubiera dejado en el asiento de atrás podría ponerme un buzo, o dos, el equipo deportivo, que se yo, cualquier cosa, pero no, tengo el bolso en la valija y el frío es cada vez más intenso. Si paso para el asiento de atrás, quizá pueda sacar el respaldo y alcanzar la valija. En realidad nunca lo probé, no se si se puede, pero no pierdo nada probándolo, si lograra pasar atrás; yo me pregunto: ¿por qué harán los autos tan chicos, tan estrechos? es inhumano estar acá adentro, mucho más intentar moverse. Es imposible pasar entre los dos asientos, quizá si puedo sacar los buñuelos, las cabeceras éstas, pueda pasar por arriba. ¿Cómo se sacan estos cosos de acá?. No, es imposible, no puedo sacarlos ¿será eléctrico también?. Por lo menos entré en calor.
Nunca más en mi vida voy a comprar un auto con todo eléctrico. A quién se le puede ocurrir que el movimiento de los asientos y respaldos sea eléctrico, programado, con memoria ¿para qué?.
¿Me estoy moviendo?, eso parece ¿cómo? ¿quién me mueve? ¿o se mueve solo?. Sin duda me estoy moviendo. ¿Qué pasa qué no frena? quizá si pongo un cambio pueda prenderlo... a la mierda, creo que rompí la caja de cambios, y sí, nos movemos, no logro ver nada, pero no hay duda que algo hace que nos movamos, y cada vez más rápido, ¿a dónde me lleva? Carajo ¿por qué se mueve tan rápido? Y ahora ¿por qué? ¿a dónde caigoooooooooo

miércoles 2 de julio de 2008

De vacaciones

Estimados amigos, estoy de vacaciones por San Gregorio de Polanco, en el departamento de Tacuarembó, a orillas del Rio Negro.
Con mis hijos, y esperando a mi mujer que llega hoy por la noche, así que como dije antes, en el medio de la nada, en realidad unas cuadras más allá.
Y como es la norma en vacaciones, alejado también de toda la tecnología, TV, Computadoras , y demás. Y como siempre una excepción a la regla. Jugaba Peñarol, por lo tanto todos teníamos esas horas de ignorancia a las normas.
Una vuelta por la casa de los amigos me hace escribirles, y reiterar el agradecimiento, en este caso extensivo a todos, ya que es realmente alentador, encontrarlos, en los diversos post.
El lunes estoy de vuelta, visitándolos de a uno.
Un abrazo, Mauro.

domingo 22 de junio de 2008

Agradecimiento.

Gracias Amigos, José Luis, Armida Leticia, Eli, Lola, gracias por estar, por seguir, por querer ser más allá de las distancias, de los límites.
Gracias por jugársela, por querer compartir los sentimientos, y no sólo los buenos, justamente, más que nada por aparecer también en los otros, los más difíciles, que nos hacen sentir tan insignificantes.
No se me ocurre un homenaje más justo, más intenso, más puro para los amigos, que agradecer haberlos conocido, que viviéndo ese agradecimiento en cada instante.
Así que seguimos, los que estamos, llevando a los que se fueron en lo más profundo, tomando lo mejor de ellos, para que nos puedan hacer mejor a nosotros.
Un abrazo a todos, Mauro.

sábado 29 de marzo de 2008

Entre la vida

Eramos solamente tres en el bar, el encargado, el viejo y yo. Aunque debería haber dicho cuatro, también estaba el televisor.
El encargado miraba como un enajenado las imágenes que se sucedían en la pantalla del televisor a color.
El viejo mantenía un seria conversación con su pasado, quizá con su presente. Seguramente era con su ayer. Escuchaba, levantaba la copa, argumentaba, brindaba o discutía con el mismo gesto. Sin duda no lo ensayaba.
Y yo ¿qué hacía yo? además de sacar conclusiones de lo que hacían los demás, por no decir, de meterme en la vida de los demás. Nada, o lo de siempre, nada.
Hacía mucho tiempo que no hacía nada, además de quejarme del trabajo, de tantas cosas, qué sé yo. La dejamos por acá, pero en realidad sigue.
-Agallas –dijo el viejo.
-Agallas –repitió con fuerza.
-Eso me faltó -agregó ahora entre puteadas.
Al mismo tiempo se subía el volumen del televisor.
De pronto el encargado se me acercó, después de haberlo hecho con el viejo, y me sirvió otra copa
-No, no gracias, está bien, yo no pedí –expliqué.
-Lo invitó el viejo -dijo secamente volviendo a su televisión.
El viejo hizo su gesto y lo repetí como si me fuera propio.
-Cuando se le termine yo le pago una –dije.
Como única respuesta se volvió a subir el volumen del televisor.
-Amor, el amor es la clave –dijo el viejo, mientras el encargado ponía el volumen aún más fuerte.
Me quedé mirando al viejo que mantenía la repetición de su gesto. O la conversación.
-Sabe que no tuve las agallas –dijo para comenzar una historia- No tuve el valor de decirle cuánto la quería. Estaba la patrona, llena de hijos. Siete hijos me dio la mujer. Pasé toda una vida enamorado sabe, pero no de la mujer. De la otra. Toda una vida enamorado de la otra. Ni decir el nombre puedo. Pero claro, yo era el macho, el hombre, tenía que darle de comer a la mujer y a los hijos. ¿Y? y lo hice. Y pasé toda la vida sufriendo el dolor por el amor de la otra. Si pudiera volver patrás... si pudiera volver... ¿Sabe lo que haría ... si pudiera volver patrás?
-No sabía si me estaba preguntando, o el gesto ahora era la antesala de su respuesta.
-Me hubiera quedado con las dos. Sí, me hubiera quedado con las dos. Porqué a la mujer no se la deja. Y menos si le dio hijos. Siete hijos me dio la mujer. ¿Y sabe por qué con las dos? porque eso es vivir.
-Y con un gesto para mí, y otro para el encargado, se fue.
El encargado inmediatamente bajó el volumen.
Quise preguntarle si lo conocía, si era verdad, o estando borracho inventaba las historias, pero me cortó subiendo el volumen.
El viejo me dejó pensando. No en su mujer, ni en los hijos, ni en su falta de agallas. Me dejó pensando en mi propia vida. En eso de vivir.
Al día siguiente volví al bar, necesitaba saber si el viejo hablaba de su vida, o inventaba. Cuando llegué, todo estaba igual que el día anterior, uno frente al televisor y el otro en la misma mesa, practicando su gesto.
Pedí una para mí y otra para el viejo. El encargado subió el volumen, después de un rato, y molesto trajo las copas. La primera se fue en un absoluto silencio de nuestra parte. El viejo invitó la segunda.
-Es el amor, sabe –dijo el viejo, mientras el encargado subía el volumen.
-Uno por amor hace cualquier cagada, y capaz que las paga, pero se siente vivo. –noté el peso de la mirada detrás del mostrador mientras el televisor ganaba cada vez más espacios.
-Y no hablo de hecharse uno o dos, dependerá de lo cogedor. Digo Amor, usted sabe. ¡Cuando uno verdaderamente quiere a una mujer! como yo quería a la otra, pero estaba la mujer, y los hijos. Siete hijos me dio la mujer, sabe. No tuve agallas. Me faltó vivir. –me paré para acercarme a la mesa del viejo, parecía que el volumen del aparato no tenía límites y no quería perderme ningún detalle de la historia, pero ya era tarde, había dado por terminada la conversación y con el gesto repetido se fue.
Una vez más, el viejo generaba en mí la ansiedad de ese vivir. Decidí no volver más al bar. De alguna manera, salía peor de lo que llegaba. Nunca se me había ocurrido engañar a mi mujer. Además hablaba de otra cosa, sin duda el viejo hablaba por su propia experiencia, con el deseo contenido, con la necesidad ahogada. Quizá debería dejarlo tranquilo, pero al mismo tiempo me sentía culpable de que el viejo no tuviera con quien descargar sus penas.
Una vez más, me dije. La última.
Cuando llegué alcanzó que repitiera el gesto del viejo para que el encargado sin subir el volumen sirviera las copas. Sentí que había entendido el código del bar.
Con el mismo gesto nos saludamos con el viejo. Nuevamente la primera se fue en silencio. Nuevamente la segundo vino después de una de las tantas repeticiones del gesto.
No entendía cómo el encargado sabía cuando el gesto era para mandar la vuelta, y cuando era parte de la conversación. Él sin duda que sí.
-Si pudiera volver patras, sabe, tendría más amor – dijo el viejo, inmediatamente el encargado subió el volumen.
-Sabe, lo que nos pasa a los machos, es que no sabemos decirle a las mujeres lo que ellas quieren, los machos no hablamos de eso, sabe, los machos cogemos y correte qué das calor mujer ... y ahora querría que la mujer no se corriera ... que estuviera para que no se corriera, sabe... y la otra, y muchas veces, muchas, sabe. Usted sabe, eso es vivir. -Y con el gesto se iba.
-No, no sé –dije parándome casi aturdido entre las palabras del viejo y el sonido del televisor.
-Usted sabe –dijo el viejo cerrando la puerta sin darme la mínima oportunidad.
-A ver si hablamos menos y consumimos más –gritó el encargado subiendo aún más el volumen.
Quedé callado, el viejo había salido. Terminé mi copa pagué y me fui, puteando bajito al encargado. Con razón no tiene más clientes. Prometí no volver más.
No, no sé, me decía a mi mismo. No sé lo que es vivir, concluí, metiéndome en una revisión de mi vida.
Al día siguiente, antes de entrar me prometí que definitivamente, pasara lo que pasara, sería la última vez. Después, nunca más volvería.
No quería ni mirar al encargado. Hicimos el gesto con el viejo y llegaron las primeras copas.
Entró una pareja, se sentaron los dos del mismo lado, contra la ventana, atrás del viejo, y frente al televisor.
Luego, vinieron las segundas copas.
Salvo la tele, que también había atrapado a la pareja, el silencio era total. Pensé que la presencia de extraños podía cohibir al viejo, aunque la primera vez que habló en mi presencia yo también era un extraño.
El encargado subió el volumen de la televisión, mirándome de reojo. No creía haber dicho una sola palabra, pero me sentí extraño, como si el encargado pudiera escuchar mis pensamientos. Obviamente resultaba imposible.
Quería que el viejo me hablara de su vida, de su experiencia, pero nada lo hacía salir de su gesto. Posiblemente el viejo callara por la presencia de la pareja, o mejor dicho por la presencia de una mujer. Sí, debía ser por eso.
La pareja no tenía demasiadas intenciones de irse, mire al viejo, que mantenía su gesto a solas, como si nunca me hubiera visto. No levantaba los ojos de la copa, tampoco la tomaba. Yo ya había terminado las mías, él no había empezado la segunda.
El encargado volvió a subir el volumen sin que nadie hubiera hablado, esta vez podía jurar que me había mantenido en absoluto silencio.
-Si no va a tomar ¿para qué carajo se queda? -gritó subiendo aún más el volumen.
Dejé la plata en la mesa, saludé con el gesto al viejo, pero no obtuve respuesta.
-Vayase a cagar –le grité al encargado. Y nunca más volví.

jueves 13 de marzo de 2008

Sobresaltado

Desperté sobresaltado, aunque nada me dolía. Estuve un rato dudando si habría sido un sueño, las imágenes se sucedían lentamente, el impacto, vueltas y más vueltas, los gritos, gente que se acerca, ruidos y más gritos.
No sentí dolor. Un líquido espeso, dulzón y caliente me envolvía, me brotaba por la boca; sonaba una sirena que venía desde lejos ¿o eran dos?. Alguien me hablaba, con insistencia. No sé que decía.
No hay dolor, tampoco rastros de sangre. ¿Me habré muerto? es difícil de creer, a pesar de que no conocemos la muerte, lo más seguro debe ser que no haya habido tal accidente. Entonces, simplemente fue un sueño intenso. Cruzaba la calle sin mirar, sin darme cuenta, no sé, sin duda no me fijé, pero debía estar la luz roja. Únicamente pensaba en la discusión. No hubo bocinas ni frenadas. Un silencio absoluto dominaba el ambiente, y el impacto que lo cortó. Luego los gritos, las sirenas y gente que me habla y no sé que dice.
Me senté en la cama y encendí la luz. Siete y cuarto ¿no me llamaron? es extraño, o quizá sumergido en el sueño no reconocí el llamado.
Todo estaba igual. Los libros bajo la lámpara, cuentos completos de Benedetti, Teoría Literaria, el volumen I de la Historia de la Literatura; los CD, algunos casetes, los apuntes y más libros sobre el escritorio; la matera de un lado, la botella de grappa miel y el agua del otro. El placard, el espejo al lado. Todo en orden. ¿Y por qué no habría de estarlo?.
Algo hacía que me sintiera raro, posiblemente la intensidad con la que viví el accidente; pero mis brazos, las piernas, cada parte estaba en su lugar, y funcionando correctamente. Me paré frente al espejo, y una vez más confirmé que era una mañana igual a cualquiera, más allá de no sentir cuando golpearon a mi puerta, o directamente se olvidaron. Eso me hizo pensar que era yo quien me empecinaba en sentirlo diferente. Y por ese mismo motivo, quizá, no quise bañarme. Por primera vez en muchos años salí sin bañarme.
Caminé hasta la parada repasando los movimientos, las circunstancias de la noche anterior. Al llegar, se me acercaron nuevamente las imágenes del accidente. Las encontraba tan reales; la misma esquina, el semáforo, la gente esperando el ómnibus.
De pronto una mirada me atravesó, como una puntada, mucho más, como una puñalada. Un niño venía tomado de la mano de su padre, aunque parecía ser por costumbre, por obligación, por la de su padre, para que el niño no se le fuera a distraer, y estuviera pronto cuando llegara el ómnibus; se pararon a unos pocos metros.
El niño ahora miraba a su padre, lo miraba fijamente, podría agregar que con angustia. Creí percibir su necesidad, de que el padre se agachara, lo abrazara, le diera un beso, le sonriera, o simplemente le apretara la mano, de vez en cuando, haciéndole saber que aunque no lo miraba, sabía que tenía esa manito entre la suya. Recién en ese momento me di cuenta que el padre no paraba de hablar, de hacer gestos, aunque no podía escucharlo, era obvio que estaba de mal humor, enojado.
La distancia entre ellos era enorme, se veía claramente. El niño sencillamente esperaba, deseaba el afecto de su padre. Éste que llegara el ómnibus.
De pronto el padre le soltó la mano, lo levantó y creí que al niño se le dibujaba una sonrisa, pero duró muy poco, más allá de que estiró la cara hacia la de su padre rápidamente quedó en la plataforma del ómnibus, recibiendo con el bolso una serie de indicaciones, que nadie en esas condiciones hubiera entendido. Sentí cuando el chofer o el guarda le reclamaban que pasara para atrás y el niño no los escuchaba, se había quedado mirando alejarse a su padre.
Me dominó un odio hacia el mundo, y me odié a mí mismo por ser parte del mundo. Y pensé y quise, recordando las imágenes del accidente, dejarme llevar bajo esas ruedas.
No entendía como alguien podía negar eso tan ..., no puede terminar la idea, de alguna manera estaba haciendo lo mismo.
Recién cuando ya no vi al niño me di cuenta que había perdido mi ómnibus.
Preferí reconstruir cada paso del accidente, el silencio que me generaba la inmensidad de la paz, de la tranquilidad, luego el impacto, duro, fuerte, pero no doloroso. Era como un desprendimiento, todo giraba y sonaba en un estado de inconciencia. Volví al motivo, a la discusión, al portazo, cuando me fui de su casa con bronca, con odio, aún sabiendo que se quedaba llorando. Y recordé al niño, que no había llorado, no pudo, no supo, o no se animó.
Decidí que efectivamente llegaría tarde al trabajo, ahora más tarde, pasaría por su casa a disculparme. Necesitaba abrazarla, besarla, decirle cuanto la quiero.
Caminé rápidamente, simplemente por la ansiedad de tenerla nuevamente en mis brazos. Nada más era importante. Nada lo era.

Llegando a su casa me asomé a la ventana, allí estaba de espaldas, y me quedé un rato, no sé, disfrutando. Cuando iba a golpear el vidrio se dio vuelta, pero no alcanzó a sonreírme, algo se le cayó al piso, y todo quedó en una mueca. Esperé que se levantara y me mirara. Sus ojos se veían distantes, perdidos.
Qu i s e gol p ear pero no p u de no te ní a m a no s n o t e ní a b r a zos m i r é ha c ia a b a jo y no v i n a d a m ás a l lá de l a s b a l do s a s

Su i m a g en s e me ib a a un a sí vi

qu e l l o ra ba

H a b í p e r d o m

í ú l t m

a o p r t n i d

lunes 10 de marzo de 2008

Haciendo de la vida lo que quiero que sea ...

Instrucciones para reír.

En muchos casos existen métodos establecidos para alcanzar un objetivo. Pero es verdad también, que todos somos diferentes y lo que es perfecto para uno puede resultar terrible para otro. Alcanza con mirar a la mujer de nuestro amigo. O la cara de ese amigo cuando mira a nuestra mujer. En este caso cualquiera puede creer que es mejor fijar reglas propias.
Pero si se me permite, existen reglas que para determinados casos no fallan, si se cumplen al pie de la letra. He aquí las instrucciones seguras que usted debe seguir para lograr reír. Aunque no sepa o no recuerde lo que eso significa.
1- Como requisito básico e imprescindible, uno debe olvidar su realidad. No debe haber conciencia alguna del entorno que nos rodea.
Si trabaja, olvídelo. Si está estudiando salga de la habitación. Si está con su pareja juegue a que no la conoce. Elimine el contexto, sea cual sea. Es decir, distráigase.
2- Relájese. Esto es, elimine las tensiones, póngase flojo o aflójese. Sienta como su cuerpo no le responde. Si es hombre, ni aquello. Olvídelo, igual para reír no lo necesita. Sí, quédese tranquilo, no lo necesita. Si es mujer, no recuerde que a él no le responde. Libérese.
3- Comience a hacer gestos con la cara. Nunca delante de un espejo. Recuerde que es para reír, no para verse un idiota. Logre captar el movimiento de cada uno de los músculos en la generación de ese gesto. Repítalo varias veces, hasta asegurarse que los reconoce todos.
4- Abra mucho la boca, estimúlese con algunos sonidos. Si es gordo y tiene barba blanca puede probar con sucesivos, ho, ho, ho. Es necesario para lograr el verdadero efecto pronunciar la h como j, el sonido sería jo, jo, jo.
A algunos les sirve apoyarse las manos sobre la panza. Otros no tienen más remedio, no les llegan más allá.
Si es una persona extrovertida, o no conoce lo que es pasar vergüenza, pude probar con unos sonoros ha, ha, ha. No olvidando como en el caso anterior que la h debe sonar como j, en este caso sería ja, ja, ja.
Si le parece que se aburre puede probar con algunos he, he, he. Que a su vez, le permiten la variante de realizarlos ya sea con la h con sonido j, o sea, je, je, je, o con sonido g, resultando ge, ge, ge.
Por último si usted es una persona muy tímida, y conoce demasiado la burla, en carne propia, trate de pronunciar unos suaves hi, hi, hi. En este caso no es fundamental la pronunciación de la h como j. Sería así como i, i, i. Si es demasiado lógico y no le encuentra sentido al ejercicio, propóngase una pregunta y repita suavemente ¿y?, ¿y?, ¿y?, no hay inconveniente, el resultado es el mismo.
5- Inténtelo de nuevo. Teniendo en cuenta que en todos los casos es necesario que la pronunciación de dichos vocablos, ya sean estos los ho, los ha o su variante he y los hi, se acompañen con una exagerada modulación.
6- No sea avaro, continúe. Repita el proceso hasta que sienta que los gestos fluyen naturalmente y que disfruta de los sonidos, entonces, y solamente en ese momento, piense o recuerde algo gracioso.
Estas instrucciones aseguran que usted logrará reír, o sea que si llegó hasta este punto y se ha mantenido serio, realice el último paso.
7- Pídale a su jefe, profesor, maestro o vecino, que siga las instrucciones delante de usted.

martes 26 de febrero de 2008

Por una Milonga ... y algo más.

Por amor propio.

Ese viernes de carnaval la truqueada arrancó temprano. Como todos los viernes, los de siempre, y sin ningún tipo de planificación, nos juntábamos en el boliche a jugar al truco. Varias mesas se armaban desde la caída del sol. De a poco íbamos llegando y nos acomodábamos, casi con la misma naturalidad que el viernes anterior, en el mismo lugar. Como si únicamente nos hubiera interrumpido una inevitable ida al baño.
Para nosotros, para Juancho y para mí, era un privilegio, casi un honor que siendo aún casi unos gurises, nos respetaran el lugar, nos guardaran la mesa, y nos esperaran para empezar. Y arrancábamos con el mate, para seguir con la caña, la ginebra, o la grappa miel. Juancho que se las daba de paladar fino pedía Whisky.
Ese encuentro semanal era nuestro, y para nosotros mágico. No tenía nada de rutina, mucho menos de hábito. Por lo menos no lo sentía así. Los sábados y domingos, tenía muchas actividades, salidas con los amigos, el sábado de noche con las novias. Pero era comenzar el lunes, y ya estaba deseando que llegara el viernes. Y entre mates, cigarros, alcohol, y truqueadas, se iban queriendo y matando las horas. Se iban callando las mesas, hasta que al final siempre se armaba la misma. Era como si la noche no pudiera terminar si quedaba esa partida pendiente.
Esa mesa tenía un significado especial. Aún sin saber por qué, sin conocer la historia. No voy a decir la verdadera historia, ya que el mismo Laucha, me dijo que era su versión, y aclaró que cada uno tendría su propia historia, o su historia propia. Y dijo que sin duda tenía su amor propio, aunque muchos lo dudaran; simplemente esperaba el momento.
Me gustaba jugar contra el viejo Laucha y su sobrino. Con Juancho estábamos seguros de que era la mejor manera de aprender. Si no aprendíamos con él, podíamos considerarnos unos verdaderos burros.
El viejo Laucha era el mejor maestro. Por lo menos con nosotros. Armaba los paquetes, dejando que viéramos las cartas, así lo creíamos, barajaba despacio, para que no nos quedaran dudas de la posición de cada una; pero luego al repartir, siempre aparecían otras que no habíamos visto, y que sólo él sabía que estaban y además, dónde estaban. Era un desafío jugar contra él. Partido, revancha y afuera. A golpear otra mesa, que significaba un descanso. Y a esperar una nueva oportunidad hasta el próximo viernes.
Se jugaba únicamente por el placer de jugar, de compartir. En una época se había jugado por plata. Aunque de eso no se hablaba, por lo menos los viernes. Había como un pacto tácito. Un silencio que se arrastraba de muchos años atrás.
-Hablar de eso, es hablar del hijo de Laucha. Y hablar del hijo de Laucha, es hablar de sangre, de dolor y de duelo, pero pendiente –me dijo una vez el negro Cabrera, quien había pasado toda su vida, para mí, detrás del mostrador.
Ese viernes de carnaval Laucha vino solo. Se sentó en una mesa alejada y pidió su caña. Pero esta vez se quedó con la botella. Con Juancho estábamos ganando y esperábamos que llegara el sobrino de Laucha para plantear el desafío semanal.
El negro había puesto en la tele el recital de Jaime Roos, que lo estaban pasando en diferido. Le dije a Juancho que me tomaba un descanso, iba a acompañar a Laucha, hasta que llegara su sobrino y mientras escuchaba a Jaime. Juancho se buscó otra pareja para no perder la mesa.
No había terminado de pedirle permiso a Laucha para acompañarlo, cuando Jaime arrancó con el tema Milonga de Gauna. –sólo si se queda callado –me dijo. Y así lo hice. Me sirvió caña, y hasta que no terminó la canción no pronunció palabra.
-¿Sabe lo que dice? –me preguntó.
-Si -dije explicando mientras pensaba- habla de un duelo postergado, pero que finalmente se cumple, cuando tenía que ser.
-No, no sabe. Pues habla de mí, del viejo Laucha. Y ojo, ésta es mi historia, mi versión. Habrá otras..., tantas otras, y quizá tan ciertas como la mía. Cada uno tiene su propia historia..., o su historia propia. –Hizo una pausa para terminar su caña y llenar nuevamente las copas.
-Pero lo mío, es amor propio. A cada uno le llega su hora. El poeta dice: “el valor le llegó, cuando era debido”-y con una sonrisa agregó- éste es el mío.
Quise decir algo, pero me interrumpió preguntándome -¿Qué edad tiene gurí? –pero tampoco me dejó contestarle -la edad de mi hijo, sin duda, la edad de mi gurí. Por eso es mi momento –terminó de decir apurando su caña.
-Don Miguez –gritó parándose- ya es hora. Rindamos cuentas, don Miguez.
Y allí mismo sacó un cuchillo y se le fue encima; la mesa de Miguez y su hijo, que se encontró con el desafío antes de lo esperado, voló para un costado. Laucha se aseguró de que el hijo de Miguez quedara afuera con una patada, que debía tener bien estudiada, dándole el tiempo suficiente al rival para empuñar su cuchillo, quizá también estudiado, y ambos terminaron en un abrazo, entre las últimas palabras del viejo Laucha: “por amor propio, por el de mi hijo”.
Ese viernes de carnaval la partida terminó temprano.